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miércoles, 11 de junio de 2014

¿Eres inteligente? necesitas ir a rehabilitación


Hola, soy Sylvia y soy inteligente”. Así inició mi proceso de rehabilitación: cuando tenía 28 años comencé a arrancarme con dolor la etiqueta de la tal inteligencia. Inicié el cambio con indiscutible determinación al descubrirme viviendo una vida llena de decisiones 100% sensatas y 0% apasionantes. Aquí va mi testimonio de por qué no tiene caso creerte eso de que eres inteligente. Mi oficina (para no ir más lejos), vive llena de coachees inteligentes que ya no soportan un gramo más de frustración en su vida.

A los ojos de la gente que no me conocía o que apenas tenía una idea de quién era yo, mi vida era perfecta: el hogar de casada perfecto, una vida sin sobresaltos; una profesión tradicional que ejercía con buen crédito; ¿los papás? Inmejorables: “teniendo esos papás, esta niña tiene que ser brillante” (yo vivía con la angustia de sentir, en silencio, que no era ni la décima parte de lo inteligentes que son mis papás); cruzaba la época en la que más linda había estado en la vida; todo resuelto. “¿Para cuándo vas a encargar tu primer hijo?” ¡Por favor!

Lo que la gente no alcanzaba a intuir al cabo de una hora de conversación era que la idea del deber ser que yo tenía para mi vida era algo así como esperar a que pasaran los años para marchitarme y, en fin, morir. Alucinaba con poder estar vieja, muy vieja, porque así todo terminaría discretamente. Sabía que si le ponía fin a mi vida antes de tiempo decepcionaría a muchos (aparte de todas las reflexiones religiosas asociadas al pecado). Nadie que no conociera la verdadera historia sabía (ni intuía) que en mi depresión había dejado de dormir; que la piel de mi cara estaba llena de escamas de resequedad como reacción nerviosa (el combo incluía gastritis y migrañas, obvio); que pasaba tardes enteras mirando hacia una pared blanca con lágrimas que corrían sin esfuerzo por mis mejillas y que oía voces que me repetían que yo era lo peor. Literal: “Sylvia, usted es lo peor”.

Lo bueno de pasar por un trance de esos es que en fin te cansas de la misma historia: o acabas con esa situación, o la tal vida perfecta acabará contigo.

Yo no voy a contar una historia sobre cómo dejé todo atrás y abrí un bar en la playa ni de lo interesante que fue retirarme a un monasterio en el Himalaya y renunciar a todas las posesiones terrenales. Mi vida está lejísimos de ser perfecta. Les voy a contar cómo hice lo mejor que pude hacer con las herramientas que tenía en ese momento. Sobre todo, les quiero compartir cuáles fueron los mitos que desafié y que ahora, en mi ejercicio profesional como Coach de Felicidad, veo que son los patrones de pensamiento comunes a las personas que se describen a sí mismas como muy inteligentes (generalmente porque alguien se los dijo desde niños). Como verás, eso de ser demasiado inteligente no es negocio.

Mito #1: Éxito = Coeficiente Intelectual + Educación Ultraespecializada + El resto viene por añadidura à Éxito = Felicidad   

En mi vida de abogado alcancé a tener acreditación académica suficiente como para inspirar tranquilidad a mis poderdantes. A la vez es cierto que durante todos mis años de ejercicio profesional sólo tuve unos 2 o 3 clientes que en realidad fueran míos, míos, míos: el resto de personas y de empresas que asesoré llegaba a mi oficina cuando mi papá, apasionado del Derecho, no tenía físicamente la posibilidad de atender todos los asuntos por su cuenta (él, a diferencia mía, sí vibra siendo abogado). En fin los testimonios y los resultados que obtenía eran buenos (algunos seguramente excelentes), pero la verdad es que yo no sentía nada ganas de gestionar mi Marca Personal.

Esta escena nos lleva a conclusiones importantes: (i) que te digan que eres inteligente (e incluso si lo has comprobado en la práctica); que obtengas calificaciones sobresalientes y que tengas títulos de posgrado, no garantiza que tu profesión vaya a fluir así-nada-más: sin pasión, sencillamente, no se puede lograr el nivel de enganche que una Marca Personal influyente podría alcanzar.

(ii) Con un súper coeficiente intelectual y una educación posdoctoral y mucha pasión, tampoco vas a lograr mayor cosa si no te lanzas a hacer eso para lo que te has preparado tanto: en el mundo de los negocios nadie te va a pagar por la cantidad de información que tengas acumulada en la cabeza ni por lo apasionado que te muestres en las redes sociales sobre un tema. Entiende que las personas sólo te van a pagar por hacer tu magia: por solucionar problemas reales, ¡por impactar vidas con lo que sabes! (A propósito: si te muestras excesivamente apasionado con algo y sólo logras influir sobre personas muy ingenuas o, peor, no logras nunca ningún resultado verificable con lo que dices que sabes, será el fin de tu Marca Personal… y de tu emprendimiento).

(iii) Dedicarte a hacer lo que sabes hacer bien y recibir buen dinero a cambio de los resultados que logras, NO es una garantía de que vayas a ser feliz. Si no eras feliz antes de ser millonario, tampoco lo vas a ser cuando la cuenta bancaria esté a reventar. O, dicho en otras palabras, después de tener (bien) satisfechas las necesidades básicas, tener más dinero o una mejor posición social o profesional no hace ninguna diferencia: el éxito no lleva a la felicidad… Y, al tiempo con esto, la buena noticia es que es falso que tengas que elegir entre ser exitoso y ser feliz.

Lo importante, en la medida de lo posible, es invertir el orden de los factores: necesitas comenzar a notar las cosas buenas que están disponibles y funcionando ya mismo; que se encuentran ahí, en tu cotidianidad, y que sencillamente estás muy ocupado como para ver.

Se trata de entender que a la gente feliz no le pasa nada extraordinario: simplemente hacen las mismas cosas que hacen todos los demás, tienen los mismos líos, pero enfocan su atención en cosas distintas y concluyen cosas distintas a partir de los mismos sucesos. Paradójicamente, cuando sueltes la obsesión por acertar y por evitar los fracasos, comenzarás a tener los resultados que ahora mismo parecen tan esquivos. Lo siento, así es como opera la Ley de la Felicidad: no se trata de algo que obtienes ni que encuentras al terminar un curso de autoayuda sino de algo que pones a tu vida cada vez que lo decidas. Punto.


martes, 28 de enero de 2014

¿Estás durmiendo con el enemigo?

En mis lecturas de esta mañana encontré una cita muy esclarecedora sobre una de las razones más poderosas de infelicidad y frustración para los seres humanos. La frase es de Mark Moustakas y dice: “Los conflictos más dramáticos, quizás, no son los que ocurren entre los hombres sino entre un hombre consigo mismo”.
Si miramos hacia atrás, buscando en el archivador de metas fallidas todo lo que pudo haber sido y no fue en nuestra vida o, incluso, si revisamos con honestidad los problemas que estamos afrontando ahora mismo, la única razón que nos aparta de alcanzar una meta (la que sea, salvo que se trate de una cosa físicamente imposible, por supuesto), está en nosotros mismos. Y hay que ver lo creativos que resultamos ser a la hora de hacernos infelices.
En mi oficina tengo la oportunidad de oír historias de vida interesantísimas: personas encantadoras que no han podido encontrar el amor en su vida y están a punto de descartar esa posibilidad; personas fantásticas y absolutamente deseables que no son capaces de terminar una relación enfermiza porque les paraliza la idea de no encontrar nada después de lo que tienen; profesionales prósperos y exitosos que quisieran avanzar en su educación de posgrado o viajar pero tienen mil razones para posponer el plan; gente con un talento que le brota por los poros pero que de antemano declara que no tiene la posibilidad de hacer algo significativo con su vida… (“yo soy de los que comienzan pero no acaban”, me dicen mil veces, hombres y mujeres).
Sylvia Ramírez, Life Coach, PNL, Personal Branding, Diseño de Marca Personal, Asesoría de Imagen, Bogotá, ColombiaPara hacer este artículo revisé muy bien las carpetas donde guardo el registro de mi consulta y en estas cuatro tipologías puedo resumir el trabajo de unas 80 horas de coaching con muchas personas, lo cual nos lleva a dos conclusiones centrales:
a. A todos nos pasan más o menos las mismas cosas

b. El autosaboteador de metas nos está clavando un puñal por la espalda y nosotros no hacemos más que justificarlo
Es cierto: no hay nada más peligroso que un cerebro indisciplinado. Estamos dejando que el cerebro nos diga lo que quiera y estamos viviendo de los cuentos que él nos va contando (“me va a abandonar”; “no se puede”; “todo es culpa de mi mamá”), aunque tengan muy poco (o ningún) respaldo probatorio, y en cambio sí estamos dejando pasar más de una oportunidad para ser felices. Vamos por partes:

1. “El amor es doloroso – Ninguna relación me funciona – Esto es lo mejor que voy a conseguir en mi vida”

La primera inclinación de un cerebro que no se ha disciplinado con reglas es la de poner etiquetas rápidamente a cada cosa (persona, relación, situación: “ella es una bruja”; “esto es un fiasco”; “nunca voy a poder salirme de este lío”) para seguir resolviendo todos los problemas de la cotidianidad con las mismas tres soluciones de siempre. Así se ahorra la pereza de pensar qué está pasando realmente en cada caso y, por supuesto, se ahorra la pereza de inventar una solución eficiente.
Tanto quienes me dicen “todos los hombres (o mujeres) son iguales”, como quienes me dicen “es que yo ya entendí que yo no estoy hecho para estar en una relación”, están buscando explicarse y, de paso, resolver ese capítulo de su vida con una afirmación que no tiene ningún fundamento; y si este es tu caso, hay tres preguntas que deberías responderte:
I. ¿Qué pruebas tienes de eso que estás diciendo?
II. ¿No conoces a nadie en ninguna parte del mundo que sí tenga una relación amorosa funcional?
III. ¿Qué precio estás pagando por seguir pensando así?
Sea que creas en las vidas futuras o no, esta es la única vez que te vas a llamar (pon tu nombre aquí) y, con toda honestidad te lo digo, no tiene caso que por el sólo miedo (o, peor, la sola pereza) de salir de tu zona de confort y tener un aspecto más agradable o mejorar algún viejo patrón de comportamiento reactivo o inmaduro, etc., te estés perdiendo de la experiencia tan enriquecedora de compartir con una pareja con la que puedas llegar a acuerdos y vivir una vida tranquila.
En el tema de las relaciones no se trata de tener una estrategia súper compleja (porque no estamos en un campo de batalla – por lo menos a mí me parece muy desgastante entender las relaciones así), ni la idea es que vivas esperando a que, por fin, las personas con las que te involucras cambien: se trata de comenzar a pensardistinto para ser distinto porque cuando tú cambias, tu mundo cambia: lo que te importaba antes hasta el punto de la locura, ahora también te importa pero no te mortifica ni te hace hacer tonterías, por ejemplo.

2. “Toda la vida he soñado con hacer tal cosa PERO…”

Una vez más el autosaboteador de metas es el protagonista poniendo sus famosas etiquetas: “es muy caro; no te puedes permitir eso”; “aprender a ____ (bailar, cocinar, bucear, etc.) a estas alturas no te aporta nada”; “con ese mismo dinero te compras un vestido que te dura más que una cena en ese restaurante”; “a esta edad ya es una ridiculez ponerme en esas”; “no tengo tiempo (en serio: no tengo tiempo)”; “eso sólo pasa en las películas”; “si tuviera otro trabajo y fuera el dueño de mi tiempo, lo haría” y así hasta el infinito con las etiquetas imposibilitadoras.
Repasa los ejemplos de etiquetas del párrafo anterior y contesta una sola cosa: en últimas, ¿de qué se trata tu vida? (¿“sobreviviente” es la palabra que mejor te describiría? ¡cuidado!)

martes, 14 de mayo de 2013

La Felicidad es un ejercicio de administración




Todos conocemos muchísimos casos (en nuestra vida diaria o por las revistas de todas partes del mundo) de personas que consideramos altamente exitosas y que, sin embargo, aseguran estar muy lejos de ser felices. Y siempre nos preguntamos por qué: “si yo tuviera la belleza y el dinero de Fulana, tendría todo resuelto”; “si yo ganara todos los casos como el abogado Tal, mi vida sería magnífica”, etc.

Las historias de vida que hemos oído nos llevan a dos conclusiones importantes: (i) poner toda nuestra energía en lograr esa única cosa que asociamos al éxito jamás garantiza lograr un estado de satisfacción sostenida. Y (ii) la apuesta por la Felicidad rotunda es tan complicada como jugar al tiro al blanco con la diana en movimiento. Este es el acertado resumen de Laura Nash y Howard Stevenson en una clásica publicación de la Universidad de Harvard.

Ahora: no se trata aquí de introducir la idea de que para ser feliz hay que renunciar a ser exitoso. Faltaría más. La cuestión sí es, en cambio, entender que para ser feliz lo conveniente es alternar los usos que damos a nuestra energía entre los aspectos que son más gratos para el ser humano: “realización personal, logro al trabajo, significación a la familia y legado a la comunidad (Nash y Stevenson, 1999).

Entender la necesidad de hacer una distribución balanceada de la energía en varios ámbitos de nuestra vida es apenas el comienzo, ya que esa sola tarea es, de por sí, difícil. El primer reto estaría en responder a la pregunta “¿Cómo distribuyo eficientemente mi energía?

Clasificar los deseos

Hacer una categorización de tus metas y deseos en función de lo que significan para ti y del beneficio que te podrían representar es un ensayo de demostrada utilidad. Supongamos que sueñas con tener una familia, aprender a bailar tango, cambiar de carro, lograr un ascenso y tener un abrigo de tu diseñador favorito.

No hay razón para renunciar a ninguno de los propósitos (por ambiciosos que parezcan unos y superficiales que parezcan otros), pero es igualmente cierto que, cuando de metas se trata, el orden de los factores SÍ altera el resultado. ¿Cómo organizarías las metas del ejemplo para que sean todas igualmente realizables?

lunes, 15 de abril de 2013

Los 4 pasos del cambio que sí lleva a la Felicidad


La vanidosa Felicidad exige a sus pretendientes una alta dosis de honestidad; por eso es que insisto tanto en que, en la mayoría de los casos, cuando el bienestar parece una quimera esquiva, no hay que seguir haciendo más y más cosas innovadoras sino, por el contrario, dejar de dar tumbos e insistir con más ahínco en ser y sólo ser.

Aunque esto sigue siendo así, en ocasiones la Felicidad precisa un cambio: dar un salto en la frecuencia energética en que resonamos. Sí, sí, como si se tratara de un radio que puede estar sintonizado en 780 KHz o en 1.200 KHz. Exactamente así.

¿Por qué? Porque así como la emisora que se sintoniza en 780 KHz no tiene la misma programación de la que se oye en 1.200KHz, a quienes viven en un nivel más bajito no les ocurren las mismas cosas que a quienes resuenan con cosas correspondientes a un nivel superior.

Así, pues, el cambio, para que sea genuino y, sobretodo, duradero, debe gestarse desde adentro; desde la médula. En mi búsqueda particular (porque yo también sigo tratando de colgarme al tren que es) he concluido que el éxito está en lo siguiente:

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Las Marcas Personales de éxito sostenido tienen algo en común: ¡espontaneidad!






Mi pasión profesional está conformada por dos temas: la Felicidad y la Marca Personal (la imagen, el lenguaje corporal, los valores, las actitudes, la motivación).

Aunque a simple vista pareciera que una cosa no tiene nada que ver con la otra, por ser la primera tan espiritual y la segunda tan comercial (o superficial, si se quiere), resulta que en la práctica tienen todo que ver: ninguna funciona bien sin la otra.

Cuando hablo de Felicidad (así, con efe mayúscula), no me refiero a que por tener una imagen que en conjunto estimula y engancha a las personas de tu interés, tu vida se vuelva automáticamente “perfecta”.

Eso no existe. Eso no va a pasar.

De acuerdo con eso, el propósito no puede ser que vivas siempre sonriendo, en el top de la alegría, ni que estar en tu oficina sea tan divertido como trabajar en Disneylandia o en Google. Cuando digo Felicidad, quiero resumir una vida “bastante buena”, con momentos difíciles que se aceptan y se superan; con metas altas pero realizables: me refiero a la Felicidad en los casos de la vida real.

Y precisamente analizando cómo hace la gente que en la vida real (en sus negocios, en sus casas, en sus escuelas, en sus matrimonios) es feliz, he encontrado un patrón que se repite en la mayoría: las personas más felices empezaron por obligarse (auto observándose antes de actuar); luego por permitirse ser espontáneas hasta que se volvieron habitualmente espontáneas.

Lo que te propongo en el día de hoy (sabes que se puede llevar hasta la fuente, pero no se puede beber por otro; por eso es sólo una propuesta) es que comiences a dotar las ideas que preceden tus acciones de una grandísima dosis de espontaneidad.

¿Y eso cómo se hace? Para empezar, deja de hacer las cosas buscando algún beneficio o efecto colateral. Comienza a actuar porque sinceramente te nace hacer algo. Entre otras, vas a ver que tus preconceptos de “bueno” y “malo” comienzan a tambalear.

Cuando te comportas de manera espontánea, sin estar calculando todo el tiempo qué beneficio te puede traer lo que haces (ser honrado, relacionarte con alguien, sonreír, ayudar, no decir mentiras, ser amable, comer algo, hacer un cumplido, no quedarte con lo ajeno, etc.), ganas un grandísimo poder personal: dejas de ser presa del destino porque vives permanentemente escogiendo lo que quieres hacer; tu felicidad deja de ser el rehén (deja de depender) de que la persona favorecida con tu acción tenga una muestra de gratitud contigo y dejas de obsesionarte con que las cosas tengan el efecto que te gustaría que tuvieran.

Si vas por la vida haciendo o dando cosas para obtener la recompensa de quien las recibió, vas a ir arrastrando un saco de frustraciones porque vas a estar esperando recompensas que, según tus creencias, sean equivalentes a cada acción "buena" que tuviste.

Métete en la cabeza que la recompensa por tus acciones no es automática ni es obvia: en la dinámica de este intercambio no recibes un pan a cambio de un pan. Eso se logra con los contratos; no más.

Ponte a pensar: ahora mismo estás gozando de muchas cosas buenas que, si te fijas, podrían no tener explicación aparente. La vida se manifiesta de muchas maneras. Abre tu mente y tu corazón en disposición a lo "inesperado" y sigue actuando por mera convicción. Le funciona a la gente más feliz.

Sé espontáneo. Atrae con tu coherencia. No juzgues, no critiques. Eso es lo que depende de ti. Para el resto, confía en el destino.

La vida sabe lo que tiene en mente 
                                                           -Neale Donald Walsch.


Imagen: Bokelberg

miércoles, 24 de octubre de 2012

Concentrarse en lo que SÍ está funcionando






Anoche, en su interesantísima conferencia, el Dr. Jorge Aguilera (PhD en Comunicación Organizacional) pidió a los asistentes que nos detuviéramos por un momento a pensar si la excesiva atención que estamos prestando a nuestras limitaciones nos está impidiendo ver nuestros talentos.

Para ilustrar la importancia de la reflexión, proyectó este video que les comparto en el día de hoy. Se trata del ballet “Hand in hand(click aquí para ver el video), puesto en escena por una señorita a quien le falta la mano derecha y su compañero de baile, quien no tiene la pierna izquierda.

Fíjate en la perfección de los movimientos; en la sutileza bajo la que con gran maestría se esconde toda la fuerza de cada músculo entrenado por tantas horas.

Pero pon atención, sobretodo, al mensaje no verbal que nos envían tan emotivamente los artistas al bailar: si uno de ellos hubiera magnificado la circunstancia de no tener una extremidad, al punto de desistir de su sueño de bailar ballet, su vida se habría desarrollado dentro de la estrechez de las barreras que te hacen creer que no puedes, sólo porque tu entorno no se te figura absolutamente propicio para llevar a cabo tu propósito fundamental.

Pocas veces en la vida vas a encontrar todas las condiciones a tu favor. De ahí que los conflictos más encarnizados que tenemos son los que libramos con nosotros mismos; sobre todo con esa parte de tus creencias que te dice que “no puedes (…)”.

En lugar de desperdiciar energía pensando una y otra vez “¿por qué me tenía que pasar esto a mí?”, comienza a pensar  “muy bien, de acuerdo con esta nueva situación, ¿qué escojo hacer a partir de ahora?”.  Sigue avanzando con resolución. No te quedes estancado en la pregunta de “por qué (…)”, ya que te hundes en un estado de perplejidad que sólo frena el movimiento de la dinámica de la vida.

Concéntrate en tus fortalezas; en lo que haces mejor. Focalízate en lo que sí te está funcionando, más que en aquellos resultados que no puedes producir de la forma en que quisieras: en la mayoría de los casos estos últimos no son más que metas impuestas por otros, las cuales poco o nada tienen que ver contigo y, por lo tanto, no vale la pena desgastarse en eso. Recuerda que eres mayoritariamente energía y, por tal razón, hay que administrarla sabiamente.

Concéntrate en encontrar tu misión. Ahí, pegadita, viene la felicidad.

Imagen: 123 RF

viernes, 5 de octubre de 2012

Uniendo "mis" puntos




Bogotá, 6 de octubre de 2012


Hace exactamente un año, manejando de mañana por el costado occidental del Parque de Francia en Bogotá (carrera 16, calle 106), pensaba en lo que había significado Steve Jobs para el mundo contemporáneo (ya sabes lo que dicen: “when you go Mac, you never go back”), mientras oía el reportaje sobre su fallecimiento. De repente, por instrucción del director de la cadena radial que oigo todos los días, comenzó la transmisión del discurso que pronunció S. Jobs para unos graduandos de la Universidad de Stanford… y la idea que tenía de mi propia vida jamás volvió a ser igual.

Hoy quiero compartir el mensaje que yo encontré tan estremecedor y que fue tan definitivo para animarme a seguir progresivamente mis convicciones (los más valientes seguro actuarán más rápido…).

Posiblemente todos los medios de comunicación harán esto mismo hoy: colgar el enlace del video con el memorable discurso; poner unas imágenes extra de Jobs, etc., así que compartirles este video no tendría nada de novedoso. Sin embargo, una cosa muy valiosa que he aprendido en los últimos tiempos es a actuar por convicción, llevando a cabo los planes que son importantes para mí (y ya no sólo esos que son “convenientes para mí”), como ciertamente lo es esta aventura que vivo ahora, cuando luego de 11 años de academia y práctica en una profesión tradicional, decidí profesionalizar las investigaciones y los experimentos que hacía por pasión durante los últimos 10 años… y vivir de eso.

Lo que he aprendido es que si haces las cosas por convicción sincera, sin pensar en lo que se comente en la tribuna, llegará el día en que ese recorrido que has hecho pueda ser de utilidad para alguien más.

Cualquier cosa que yo quisiera decir ahora sobraría frente a la contundencia del mensaje que recibieron los estudiantes de la Universidad de Stanford. Lo único que sí tiene sentido añadir en este aniversario es que las palabras sencillas, pero portadoras de una lógica devastadora, que usó Steve Jobs para contar sus tres historias, determinaron -para mí- el fin de la época en la que sentía, con mucha angustia, que la vida era eso que estaba pasando todo el tiempo afuera de la ventana de mi cuarto.


lunes, 24 de septiembre de 2012

Cartas de los lectores: “¿Cuándo decir ‘no más’?”






Leyendo tus artículos pensé en las personas que además de su ropa, suelen habituarse a soportar situaciones en las que no se sienten cómodas: sus matrimonios y sus trabajos, por mencionar algunas, entonces, ¿Cuándo decir NO MÁS? Cuándo son ganas de quejarse de un desagradecido inconforme, y cuándo realmente estamos amargándonos por no tener el valor de parar y buscar un cambio definitivo... ¿Qué tanto esperar? Cómo saber si son ganas de joder, o miedo de cambiar. Personalmente, creo que la "comodidad" es una especie de principio rector que puede ser un bonito fin en la vida… pero esa es sólo mi opinión. Te agradecería mucho si consideraras escribir al respecto”.
David, Bogotá.



Querido David,

Por como está concebida la dinámica de la vida, hay que saber que por regla general tenemos que pagar un precio por las cosas (por tener una compañía; por percibir ciertos ingresos; por vernos de una forma o de otra, etc.). El primer mecanismo para detectar cuándo es imperativo decir “no más” y comenzar a cambiar, es preguntarnos: “¿cuál es el precio que pago por esto?”, porque si bien es cierto que tenemos que pagar un precio, también lo es que no tenemos porqué pagar cualquier precio. Por nada.

Primero tienes que establecer cuáles son tus prioridades. Segundo, pasa a determinar si realmente las estás satisfaciendo o no. En caso positivo, analiza de qué forma complaces ese aspecto que te interesa. En cuarto lugar, piensa: “¿el precio que pago es razonable y proporcional al beneficio que recibo?”. En quinto lugar (y aquí comienza el desafío) pregúntate si estás llegando al punto de traicionarte por tener esa cosa que te interesa. La transgresión sistemática; el desconocimiento de tus convicciones fundamentales viene siendo el límite que no hay que pasar.

¿Cómo saber si el medio que estás empleando es proporcional al fin que persigues? Los abogados nos formulamos tres preguntas esenciales en casos así, que aplican también en esta oportunidad:

1.    ¿El medio que escogí para satisfacer X prioridad es el adecuado para llegar a ese fin?
2.    ¿Es indispensable acudir a este medio para complacer este aspecto de mi vida? (o dicho en otras palabras: ¿no hay otro medio que me pueda llevar al mismo sitio sin exigir tanto sacrificio de mi parte?)
3.    ¿El anhelo que satisfago de esta manera me implica renunciar a otros aspectos de mi vida igualmente importantes?

Como las respuestas no son predecibles en ningún caso, cada uno debe ir sacando sus propias conclusiones de acuerdo con lo que esté dispuesto a hacer por obtener ese “algo”. En el fondo todos sabemos cuándo necesitamos cambiar. Este test constituiría tan sólo una razón adicional, porque la intuición siempre suele quedar en evidencia cuando las respuestas son sinceras.

Ahora, bien, el caso del “desagradecido inconforme” que mencionas -tan ingeniosamente- en tu carta es bastante común (hace tres días, precisamente, atendí un asunto de esa naturaleza). Para evitar ser uno de ellos hay que entender, como primera medida, que nada que sea externo a ti mismo te puede parecer perfecto a largo plazo. Nada. Imposible. Si está por fuera de ti, estará determinado por la voluntad de alguien más, con su autonomía, sus creencias, su formación, sus reglas, etc.

Los “desagradecidos inconformes” tienen en común la imposibilidad de disfrutar las cosas cuando les están pasando. Estos personajes siempre tienen la cabeza en otra parte y siempre están idealizando aquello que no tienen. Si están comiendo esto, quisieran estar probando aquello y hasta le ponen bondades extra a eso que no tienen ahora mismo. Si su novia es morena, suspiran por cada rubia que pasa...

Esa, me temo, es una forma de ser que sólo se corrige por una de dos vías: o la vida se encarga de arrebatarte desgarradoramente las cosas para que aprendas a valorar lo que tienes cuando lo tienes (incluso lo malo, si eres capaz de aprender en medio de la adversidad), o te cansas de sentirte miserable todo el tiempo y tomas la determinación de ser de otra manera.

“¿Qué tanto esperar para cambiar?” No hay un parámetro objetivo. Lo primero es tomar consciencia de lo inútil que es pagar un precio desproporcionado por cualquier cosa. Cuando hayas hecho eso –y nunca antes-, sabrás que ha llegado tu momento. A propósito, es importante esperar: si arrebatas los cambios te pueden quedar lecciones sin aprender y por el camino te puede faltar la fuerza (la motivación genuina) para llevar a cabo tu plan. Mejor dicho: si haces las cosas antes de tiempo, es posible que te pase que “te metas y no aguantes”.

¿“Cómo saber si son ganas de ‘molestar’, o miedo de cambiar”? Son ganas de molestar cuando el ideal que tienes en la cabeza no es realizable o no es congruente con el resto de las dimensiones de tu vida. Son ganas de molestar cuando empiezas a querer cosas que no dependen de ti o cuando en realidad no estás seguro de si estarías satisfecho en caso de llegar a cambiar. Si no es así, es miedo y sólo miedo.

Finalmente, sí, mantenerte en una zona de confort es un estilo de vida válido… pero siendo sincera es algo que no aconsejaría a nadie porque me parece muy triste desperdiciar la única oportunidad que tenemos de hacer algo memorable con nosotros mismos quedándonos anquilosados en el rinconcito en que la vida nos ponga. No hay que hacer nada excepcional, pero la idea sí es poder sentir, cuando tengamos muchísimos años, que la nuestra fue una vida feliz.


Imagen: utp.ac.pa

miércoles, 19 de septiembre de 2012

¿Cambiar? Sí, pero sólo si es por las razones adecuadas








Los seres humanos tenemos, como parte definitiva de la esencia de lo que somos, la vocación de trascender; de ahí que la sola idea de “cambio”, de “cambiar”, llame tan poderosamente nuestra atención, incluso si nunca hemos hecho una modificación significativa en nuestras vidas.

Esa sola curiosidad ya es bastante indicativa de la chispa vital que hay dentro de nosotros; es una pequeña manifestación de una energía muy poderosa que podemos usar para comenzar a tener la vida plena que queremos, ya que de esa energía es que estamos hechos.

La energía de la que te hablo es, en efecto, muy poderosa, y puede ser usada a tu favor, siempre y cuando sepas cómo activarla para que te sirva como motor en la implementación de cualquier cambio que quieras hacer. El método para ponerla a funcionar es realmente sencillo, aunque mucha gente se pasa su vida sin entender de qué se trataba: tienes que encontrar dentro de ti la razón correcta para comenzar a moverte hacia la meta que quieres alcanzar.

Y ¿cómo sabrás que la razón que estás contemplando es la correcta para ti? Una razón es verdadera y constituye un motivo adecuado para cambiar cuando te ilusiona porque te muestra y te conduce hacia una versión mejor o más evolucionada de ti mismo.

Por el contrario, una razón para cambiar es equivocada cuando te lastima recordándote algo que ya no quieres ser o cuando te maltrata comparándote con alguien más o, bien, cuando te asfixia haciéndote perseguir ideales imposibles.

Para explicar más fácilmente a qué me refiero, voy a usar algunos ejemplos de la vida real, empezando por compartirles mi propia experiencia (por regla general he ensayado antes en mí misma los conocimientos y las herramientas de las que hablo), para continuar con otros dos casos que he acompañado desde mi oficina.

1.    Parecía que ninguna dieta iba a funcionar

Fue mi historia (y la de varias mujeres que conozco), haber intentado fallidamente hacer dietas para perder peso muchas veces en la vida.

¿La razón del fracaso? Obrábamos por las razones equivocadas. Todos tenemos dentro de la cabeza una vocecita que nos habla todo el tiempo, ¿verdad? (“haz esto”, “di aquello”, “vámonos ya de aquí”, “qué pereza esta señora”, etc.). El problema se crea cuando dejamos que esa vocecita tome el control de nuestras vidas y ésta comienza a enviarnos mensajes falsos y autodestructivos todo el tiempo, todos los días.

Así, ante lo insoportable que es oír a cada rato “estás feísima”, “nada te queda bien”, “te ves horrible”, la única opción que quedaba para tratar de sentirse mejor era, obviamente, intentar cada vez una nueva dieta. El problema es que si la motivación misma, que está dentro de ti, es a la vez el agente que te destruye, invariablemente vas a llegar al punto en que todas las dietas alrededor del mundo, ensayadas en hombres y mujeres, fracasan: “el que me va a querer, que me quiera así”, “para qué me pongo con estos esfuerzos si a la larga da igual”, “en últimas soy un gordito simpático”, etc.

En mi caso puedo decir que la tendencia cambió el día que me cansé de oír esos mensajes negativos, los rechacé decididamente y pensé “esta vez lo voy a intentar para estar más bonita; para poder usar las cosas lindas que veo en las vitrinas de los almacenes”. Listo: esa fue la fórmula mágica. Por fin había acometido un plan con una motivación constructiva y esa fue la vez que el experimento finalmente funcionó.


2.    Vengarse tampoco es una motivación buena

El aspecto de Santiago, para describirlo en una sola palabra, era el prototípico del “nerd”. Como ocurre en la mayoría de esos casos, Santiago no hacía parte de los muchachos populares de su universidad; no era de los que salen con las niñas más lindas, etc. Nada. La única forma de reconocimiento que lograba era que lo criticaran por como se veía, porque no salía, porque parecía estar siempre estudiando sin tener una vida más allá de los libros…

Llegó el día en que Santiago se cansó y decidió hacer un cambio extremo en su guardarropa. Y el plan era bastante más complejo: no sólo cambió su ropa sino también su actitud, su postura corporal, todo. Me contaba que cada mañana frente al clóset recordaba a sus compañeros burlándose de él y de esa rabia sacaba la energía para escoger lo que se ponía cada día. Digamos que verse a la moda sería su venganza.

¿Cuál fue el efecto? Ninguno. Bueno, sí, uno: algunos compañeros se burlaron todavía más de él. ¿Qué estaba mal? La motivación, claramente. No es posible alcanzar el bienestar emocional si lo que te anima es un resentimiento hacia las personas que te han hecho sentir mal, aunque la rabia también sea en el fondo una manifestación de energía (el corazón late incluso tan fuerte como cuando estás muy feliz). En el caso de Santiago el proyecto de cambio sólo le funcionó cuando se animó a hacer la cosa al derecho: (i) conocerse, (ii) aceptarse, (iii) quererse (mucho) y, ahí sí, llevar a cabo los planes de cambio que deseaba, sólo que esta vez movido por el empeño de ser una mejor versión de sí mismo y no por la obsesión de vengarse y, a pesar de eso, pretender ser aceptado.

3.    Cambio para que me quieras

De todas las razones equivocadas que existen en la Tierra para cambiar, ésta es tal vez la más peligrosa.

Lucía, que era una mujer lindísima, muy inteligente y con muchas cualidades, tenía el hábito negativo de abusar del alcohol. Precisamente en una de sus fiestas conoció a Andrés, un señor fuera de serie de quien se enamoró profundamente.

Como era de esperarse, Andrés censuraba enérgicamente el alcoholismo de Lucía y ella, que era muy inteligente, entendió que si no cambiaba (además se trataba de un cambio altamente conveniente; era un “gana-gana”: Andrés + vida sana), lo perdería. Fue así como, animada por su amor a Andrés, Lucía comenzó un tratamiento para superar la adicción.

Evidentemente la motivación de Lucía, aunque a simple vista parecía no sólo inofensiva sino hasta bonita (por lo sublime del sentimiento), fue la razón por la que un tiempo después retomó su mal hábito, pero todavía con más fuerza corrosiva.

¿Qué pasó? Lo que era de esperarse: es imposible pretender constituir una escritura de propiedad sobre la vida y los sentimientos de alguien y Andrés conoció a otra persona que, al contrario de lo que pasaba con Lucía, tenía un estilo de vida muy saludable. Cuando Lucía comenzó su proyecto de cambio para que Andrés la quisiera, lo revistió de un grandísimo poder sobre ella, al punto que su salud y su vida dependían prácticamente de que él le mantuviera viva una ilusión.

Error, error, error. Las cosas externas a ti que te hacen feliz, te crean una dependencia que se alimenta con una dinámica demencial: “ok, hasta aquí te hice feliz, pero no olvides que también puedo hacerte infeliz”.

Actualmente Lucía no ha terminado de superar su adicción, pero se encuentra más o menos estable, mientras re-hace desde el principio y al derecho su proceso curativo por las razones adecuadas: el amor por ella misma, su salud y su vida.

La invitación de esta semana es a hacer una pequeña introspección (sí: ¡mirar en dirección al ombligo!) para determinar si estamos actuando por las razones adecuadas o si, por el contrario, no estamos haciendo más que desperdiciar nuestra energía en esfuerzos inconducentes que a la larga sólo nos dejarán exhaustos y derrotados.

Este puede ser un buen momento para comenzar a movernos como es.

¿Por qué no?

¿Para qué no?